Kynsey

KYNSEY, del misterio a la leyenda…

Hace tanto tiempo que las palabras se desdibujan en la memoria. Hace tanto tiempo que la voz del alquimista primero apenas es una leyenda, algo que se susurra a media voz, un calendario sombrío e impreciso. Pero sin embargo las voces siguieron narrando, siguieron empecinadas narrando la historia. Y yo, apenas un sobreviviente de los tiempos remotos, debo rescatar esa palabra, esa historia.

Entonces digo que hace tanto tiempo un alquimista, cuyo nombre se ha extraviado en los anales remotos, en su laboratorio oscuro, su laboratorio apenas alumbrado por la luz delgada de unas velas, inició el ritual. Forjó y forjó durante horas el metal impuro para tornarlo precioso. Comenzó –esto es sabido- por la transformación del plomo en oro. Dicen las palabras perdidas que lo logró. Dicen las palabras perdidas que después no supo muy bien qué hacer con ese oro surgido de sus manos de alquimista y de orfebre. Pensó en un anillo cuyo poder fuera el del dominio. Pensó en su sola riqueza. Pero este alquimista cuyo nombre ha sido devorado por el tiempo –yo apenas lo recuerdo y debo resguardar el secreto- era demasiado generoso. Tenía, como su alquimia, un corazón dorado.

Entonces, mientras mojaba su pluma de ave en el tintero manchado y miraba sus dedos también manchados por la tinta, vio su creación antes de crearla. Vio un punzón de papel, un punzón de oro arañando el papel, dejando su huella. Vio en su hipnosis una pluma que sobrevivía al paso del tiempo. Que tenía el don maravilloso de unir corazón, mente y mano en un único camino que comunicara palabras.

Noches y noches estuvo el alquimista anotando, trabajando con sus tubos y sus cristales, hasta que al fin encontró lo que buscaba. Una estilográfica –así dio en llamarla- de oro macizo y resinas únicas. Criaturas únicas en el mundo.

Pensó después que el oro debía contener otro mensaje más allá de sí mismo. Y recubrió la estilográfica con capas y capas de una laca que fabricó durante horas saqueadas al sueño. Quince capas envolvieron dulcemente su fruto dorado. El alquimista se vio alquimista y artesano. Se vio y se pensó escriba, poeta. Pero supo que no era más que alquimista y que su creación era un legado ¿Para quién?

Recordó un escritor desvelado, con ojos gastados por la penumbra, con una pluma triste de ganso que mojaba incansable en un tintero sucio. Él sería el primer depositario de una de sus plumas benditas. Porque el alquimista sabía que ese escritor –cuyo nombre silencio- sería eterno por su nombre y deseó obsequiarle una pluma eterna. El oro macizo, las lacas, los esmaltes por él creados, conservarían por siempre estas piezas que pasaron en ese instante de ser un experimento a una obra de arte. De ser ilusión a ser lazo entre mano, corazón, papel.

Dije que apenas recordaba su nombre, pero debo llamarlo de algún modo. Este, mi alquimista, es y será el señor Kynsey.

Entonces el señor Kynsey decidió dos cosas que fueron esenciales para completar su creación. No cualquiera tendría sus estilográficas. Además, convocó a los mejores pintores de miniaturas para adorar tanta laca y oro, escondido y despierto en la punta misma.

El señor Kynsey llegó a la vejez. Y pudo ver cómo su primer escritor elegido ganaba fama y fortuna. Y también pudo ver cómo otros escritores a los que legó sus diez estilográficas desvelaban sueños en la mística comunión entre papel, corazón y mano.

Cuentan que la primer pluma, "La Creación" (así la llamó también el señor Kynsey) es el tesoro mejor guardado, única en el mundo, la primera, la personal pluma del señor Kynsey. La que conoce todos sus secretos y la misma que dio origen a KYNSEY.

Así es como KYNSEY nació como la marca más sofisticada y elitista del mundo. Sólo crea colecciones limitadas de 10 unidades todas de oro macizo y con 15 capas de laca para proteger los exquisitos diseños.

La primera colección corresponde a las miniaturas rusas, realizadas por artesanos maestros en el arte Fedoskino y por supuesto con materia prima exquisita, resinas únicas, oro macizo, esmaltes y lacas para conservar eternamente estas piezas de arte.